China; el obispo «clandestino»: sí al diálogo entre Pekín y la Santa Sede

China; el obispo «clandestino»: sí al diálogo entre Pekín y la Santa Sede

Joseé Wei Jingyi, obispo de Qiqihar: solamente tratando con el gobierno se pueden remover las causas de la división entre los católicos chinos

Entre la Iglesia y China, «desde tiempos antiguos», hay una «herida abierta» que «debe ser curada». Por ello es necesario que la Santa Sede dialogue con el gobierno chino, e incluso que dé «el primero paso». Porque se podrán solucionar las causas de la división entre los católicos chinos si se deshace el nudo de las relaciones entre la Ilgesia y el poder político. Habla claro y con libertad José Wei Jingyi, obispo de Qiqihar, en la provincia de Heilongjiang, en el noreste del país. Todos saben que su ordenación episcopal no es reconocida por el gobierno, y lo conocen como fuerte exponente de esa fracción de obispos, sacerdotes y fieles que no se someten a los organismos ni a los métodos de la política religiosa de Pekín. Nativo de la diócesis de Baoding, monseñor Wei, de 57 años, vivió tres periodos de encarcelamiento y de restricción de la libertad personal. El más largo duró más de dos años. Y este es uno de los motivos por los cuales sus palabras suenan con mayor elocuencia. 

Usted nació en 1958. Mao seguía en el poder desde hace tiempo. ¿Cómo se hizo cristiano?

El primero de mi familia que recibió el Bautismo fue mi abuelo. Crecí con el ejemplo de mis padres, buenos cristianos. Cuando era pequeño, se vivió la gran carestía: desde la provincia de Hebei, que rodea Pekín, tuvimos que emigrar al noreste, a la provincia de Jilin.

 Su infancia coincidió con el tiempo de la Revolución cultural. ¿Cómo se defendía la fe en esa dura época de prueba?

Durante años y años no vimos ni un sacerdote. No se podía manifestar la fe cristiana en público. En toda la región había pocas familias católicas, esparcidas y lejos las unas de las otras. Recuerdo que de vez en cuando nos encontrábamos con alguna de ellas y recitábamos juntos las oraciones, encerrados en casa, sobre todo en ocasión de las grandes fiestas. Y seguimos adelante así. 

¿Hasta cuando?

Las cosas cambiaron a finales de los años setenta. Fue entonces que floreció también el deseo de convertirme en sacerdote. Antes de la Revolución cultural, un hermano de mi padre era fraile trapista, y también algunos de mis tíos habían estudiado en el seminario. 

¿En la China actual, las familias cristianas siguen teniendo un papel tan fuerte en la comunicación de la fe cristiana? 

Ahora el ritmo de la sociedad ha cambiado. Hay un frenesí que arrolla todo. Incluso muchas familias cristianas no encuentran el tiempo para rezar juntas, como sucedía hace tiempo. No se puede decir que esto ya no suceda. Pero es mucho menos fuerte y menos vivo que hace tiempo. Antes, los sacerdotes esperaban a los fieles en las Iglesias para confesar, para celebrar la Misa y administrar los demás sacramentos. Ahora, para comunicar el Evangelio es necesario salir de las parroquias y mostrar a todos en qué consiste el amor de Dios, y cómo puede florecer la fe en la vida de todos los días. 

El Papa repite a menudo que la Iglesia debe, por naturaleza, salir de sí misma. ¿Siguen su magisterio? 

Seguimos todo: las homilías de la misa de Santa Marta cada mañana, y luego los discursos, las catequesis de los miércoles, los encuentros, los viajes. Mediante internet, estamos al día sobre todo lo que dice y hace. Nos llega todo. Tal vez un día después, pero llega. 

¿Y qué opinan de él? 

Papa Francisco es un don de Dios para la Iglesia de hoy, y también para toda la humanidad. Y las cosas que nos sugiere son muy pertinentes para la condición presente de la Iglesia y de la sociedad china.

 Papa Francisco dijo que la brújula que hay que seguir es la Carta de Papa Benedicto a los católicos chinos publicada en 2007. ¿Es así? 

Claro. Representa una línea de demarcación muy importante. Describe claramente cómo deben afrontar y vivir los católicos chinos el tiempo presente, con todos sus problemas. 

Entre los problemas, está el de la división entre los católicos llamados «oficiales» y los «clandestinos». Y esta división a veces parece alimentada por ambiciones y luchas de poder… 

En las divisiones ahora está también el “carrerismo” y las luchas pora comandar. En la Iglesia, desgraciadamente, desde hace dos mil años hay enfrentamientos de poder. Existen divisiones frente a la manera en la que el gobierno trata a la Iglesia, y luego estas divisiones se han ido cristalizando a lo largo de la historia. Por ello, si se resuelve el problema de las relaciones con el gobierno, también las divisiones entre los católicos podrán ser curadas. Entonces, el problema de las relaciones de la Iglesia con el poder político debe ser afrontado lo antes posible. 

Según algunos, si la Santa Sede negocia con el gobierno chino, podría parecer rendida o incluso “vendida”… 

Es justamente lo contrario. Justamente por la existencia de los problemas, hay que encontrar soluciones dialogando y tratando con el gobierno, estableciento incluso canales de diálogo diplomático. Esa es la vía para tratar de deshacer el nudo que alimenta la división. Cuando se afronta la cuestión de la unidad de la Iglesia, hay que parsar por ahí. Aunque implique algunos riesgos y posibles incomprensiones. 

¿Por qué?

 Porque la división tiene raíces históricas en la herida que siempre ha caracterizado las relaciones entre la Iglesia y China, desde tiempos antiguos. Es como una herida abierta, que debe ser curada. Es necesario superar este abismo entre la Iglesia y China, que refleja también en la sociedad china, porque provoca, entre sus consecuencias, la división entre los católicos «oficiales» y los «clandestinos». Hay que analizar las razones y motivos históricamente, y la única vía para hacerlo es el diálogo entre la Iglesia y el gobierno. 

Hay algunos que dicen que la Iglesia no debe confiarse antes de tener garantías… 

Yo creo que cualquier teorización sobre el conflicto a ultranza o de «guerra fría» contradice el alma del cristianismo. Es necesario dialogar sobre los conflictos y sobre los errores del pasado, pedir la conversión del corazón, como dice Papa Francisco. Es un camino que podemor hacer tanto nosotros los católicos como el gobierno, para renovar la relación y corregir las cosas que deben ser cambiadas, abriéndonos a una situación nueva y dejando a un lado las decisiones erróneas del pasado. Cada uno debe hacer lo suyo para llegar a la armonía, a la reconciliación y a la paz. Esta es la vía que nos indica el Evangelio. Pero también forma parte del pensamiento chino la exaltación de todo lo que favorezca la reconciliación y la superación de las contradicciones.

 ¿Quién debe dar el primer paso? 

Ya se han dado los primeros pasos. Nosotos sostenemos todas estas iniciativas que el Papa está tomando para comunicar su disponibilidad al diálogo. Si uno es cristiano, siempre trata de dar el primer paso para reconciliar y curar las heridas de los hombres y de la sociedad. Entonces, es justo que la Iglesia dé el primer paso. No hay que ser “apoyados”. No hay que ver quién da el paso después, sino quién lo da antes. 

Pero si el diálogo entre China y la Santa Sede asume contornos más concretos, ¿cómo reaccionarían las comunidades católicas en China? 

La gran mayoría aprobaría la iniciativa de dialogar con el gobierno para resolver los provlemas de la Iglesia. Esa es la vía para hcer que sea más fácil la vida de los fieles. 

¿También en las comunidades «clandestinas»  ¿No existe el peligro de acentuar las divisiones?

Incluso entre los clandestinos, la mayor parte estaría de acuerdo. Una minoría, tal vez al inicio, se quejaría, diciendo que el Papa no entiende a la Iglesia y que de esa manera pierde la cara. Pero luego, con el paso del tiempo, comprenderían y seguirían el camino que habrían tomado todos. 

Sobre las ordenaciones de los obispos, la Carta de 2007 esperaba «un acuerdo con el gobierno chino para resolver algunas cuestiones relacionadas con la elección de los candidatos al episcopado»… 

Los obispos, para pertenecer a la Iglesia católica, deben estar en comunión con el Papa, que es el Sucesor de Pedro. Esta comunión, en condiciones normales, se expresa públicamente. Cualquiera que sea el método elegido, el nombramiento de los nuevos obispos no debe llevarse a cabo autónoma ni independentemente, sino que debe ser elegido por el Papa y debe obtener su consenso y reconocimiento. Se puede discutir sobre cómo llevar a cabo esto. Pero este es el primer punto que hay que defender.

 ¿Hay otros criterios clave que hay que tener en consideración?

La guía pastoral y canónica de la Iglesia en China debe ser ejercida por los obispos. Los organismos como el Comité de los representantes católicos y la Asociación patriótica de los católicos podrían incluso ser abolidos. O podrían seguir existiendo, pero sin ejercer un poder directivo sobre las cuestiones pastorales, sacramentales y canónicas que tocan la naturaleza misma de la Iglesia. La Iglesia no es una organización política. Las cosas han cambiado mucho, con respecto a los años 50 y 60. Si no quieren abolirlos, puede darse una evolución positiva, que los transforme en instrumentos prácticos y funcionales, más adecuados a las relaciones entre las instituciones políticas y la Iglesia en el contexto actual. Por lo demás, incluso sus estatutos prevén su evolución, ya que se indica que estos organismos no interfieren en las cosas relacionadas con la vida de fe. Se podría renovar sus estructuras y las oficinas para que sean compativles con la naturaleza propia de la Iglesia. Lo importante es que esos organismos no pretendan comandar a los obispos en las cosas que se realcionan con la vida íntima de la Iglesia. 

La Iglesia católica en China está viva. Pero la fe –dijo una vez Papa Ratzinger– a veces se parece a una pequeña llama, que puede apagarse. ¿Qué la defiende, incluso en circunstancias hostiles? 

Ahora todos usan el teléfono celular. Es un instrumento útil. Pero si la batería no está cargada y no hay corriente para recargarla, no funciona y no sirve para nada. La Iglesia también es así. Nosotros podemos esforzarnos para buscar la unidad. Pero si no hay unidad en el amor de Dios, percibido en la oración, no funciona nada. Y todos nuestros esfuerzos para construir la unidad entre nosotros no llevarán a ninguna parte.

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