Capillas y política en los barrios más pobres

Capillas y política en los barrios más pobres

La fe religiosa y la política se funden en Misioneros de Francisco, los nuevos templos que el Papa autorizó al Movimiento Evita a construir en barrios y asentamientos. Se pueden usar como refugio, para cumpleaños o velorios, y no los administra un cura sino un referente barrial. La Pulseada recorrió los dos que se levantan en el Gran La Plata.

“Hicimos la capilla bien alta para que no se inunde. Porque la idea es que las mujeres que viven en este asentamiento puedan refugiarse ahí cuando esto se llena de agua”. Miriam Alegre camina por el barrio Las Rosas, en Melchor Romero, para mostrar a La Pulseada una de las capillas que el movimiento Misioneros de Francisco construye en los puntos más pobres de la Argentina. Son unas 30 en total, algunas están en obra y otras, planificadas. Dos se levantan en La Plata.

Misioneros de Francisco nace al interior del Movimiento Evita y fue el propio Emilio Pérsico, jefe de esa organización, quien llevó al Papa la idea de construir pequeños templos en cada barrio pobre o asentamiento del país. “Dale para adelante”, le dijo Francisco, según relató a esta revista. La iniciativa funde lo religioso con lo político toda vez que las capillas no necesariamente tendrán una relación directa con el párroco del lugar. Tendrán su propia dinámica. Como relata Miriam, servirán de refugio en caso de que el agua empiece a entrar a las casillas. También podrán utilizarse para cumpleaños, para hacer una oración para un enfermo del barrio, para un locro y hasta para velorios si alguien de la villa así lo requiriera.

El predio pertenece al ministerio de Salud bonaerense. Hace dos años, desde el Evita decidieron ocuparlo para dar un lugar a 24 mujeres que eran víctima de la violencia de sus parejas. De a poco se fueron levantando allí las casillas y ahora luchan por acceder a los servicios básicos. “Tuvimos que desmontar porque esto estaba lleno de árboles. Fue un trabajo de muchos meses, pero era tanto el desborde social y la demanda que decidimos lanzarnos a ocupar el predio”, relata Miriam, una correntina que llegó a La Plata hace 25 años. Es la referente del barrio y milita en el Frente de Mujeres del Evita desde que esa agrupación se organizaba como Movimiento de Trabajadores Desocupados. El asentamiento —pequeñas casillas de madera rodeadas de pastizales y una calle central que lo atraviesa— se levanta al costado de una vía muerta hace ya muchos años. Era un ramal de carga que unía la capital de la provincia con Mar del Plata.

Ya llegando a la capilla alguien le avisa que una vecina del barrio pasó la noche muy mal, con dolores. “Decile que en unos minutos voy para allá”, le responde Miriam. “Acá todos los días se nos presentan situaciones muy difíciles. Los problemas de violencia de género son muy complicados. Muchas mujeres no tienen a dónde ir y se tienen que bancar las palizas —cuenta—. Pero no sólo es un techo, también hay que darles contención a las madres, que en muchos casos tienen hasta cinco hijos. Los chicos tienen que alimentarse, las mujeres tienen que trabajar. Y cuando el hombre no está en su casa todo se hace muy difícil”, continúa Miriam.

La capilla está en uno de los lados que delimitan el asentamiento. Se trata de una pequeña construcción de ladrillo hueco con un techo de chapas a dos aguas. Sus únicas aberturas son una puerta al frente y otra en un costado que da al fondo de la construcción. Como dice Miriam, las bases del templo la separan varios centímetros del nivel del piso. Es que durante la inundación del 2 de abril de 2013 las mujeres del asentamiento y sus hijos la pasaron muy mal. El terraplén de la vieja vía a Mar del Plata es una enorme pared que se asoma por encima de las casillas de madera; una especie de muro que impidió que el agua se desplazara a otras zonas pero a la vez fue un refugio.

“Las madres con sus chicos se subían a los techos y durante la noche los íbamos rescatando con sogas”, recuerda Miriam. Hubo evacuados que pasaron hasta tres meses en el centro de refugio, un galpón que el Evita tiene en Las Rosas. “Después de esa noche vinieron muchos voluntarios. Con ropa, a limpiar, a realizar jornadas culturales pero hasta el día de hoy estamos esperando respuesta del Municipio. Nunca aparecieron”, dice.

Miriam estima que en pocas semanas la capilla podrá quedar inaugurada. Todavía no decidieron el nombre. La idea inicial era que llevara el nombre de San Expedito, el mártir católico patrono de las causas urgentes, pero el propio Francisco le hizo llegar una imagen de la virgen de Luján que será colocada en la capilla cuando sea inaugurada.

Una Iglesia para los pobres

El movimiento Misioneros de Francisco nació inspirado en la Teología del Pueblo, surgida en Argentina a fines de los ’60, impulsada por Lucio Gera, Juan Carlos Scannone y Rafael Tello. Este último fue quien promovió en los ‘70 la peregrinación a Luján; eran tiempos difíciles y allí surgió un movimiento enorme. Todos los años, miles de fieles de todo el país e incluso de países limítrofes caminan unos 60 kilómetros desde Liniers hasta la basílica de la virgen patrona de la Argentina.

Para esta corriente, el pueblo es el sujeto de la historia. La Iglesia católica no es una vanguardia lúcida sino que acompaña los procesos del pueblo y promueve un ida y vuelta entre la Iglesia y los sectores populares. Misioneros de Francisco es independiente de la jerarquía eclesiástica. Lo coordina un equipo donde están Pérsico, jefe del Evita; Enrique Palmeryro, un ex seminarista que trabajaba con Jorge Bergoglio y Eduardo Farrel, párroco de la localidad de Cuartel V, en Moreno. “No se trata de algo clerical, pero sí eclesial”, explica Farrel a La Pulseada. La idea de eclesial refiere al pueblo de Dios. En cambio lo clerical da cuenta de la jerarquía de la Iglesia.

Las capillas de Misioneros de Francisco no tendrán una relación directa con la Iglesia. No será el cura del barrio quien estará a cargo de ese humilde templo católico: será un referente barrial el designado por los vecinos para ese rol. Quizá la categoría simplificadora y hasta malintencionada sea la de “puntero”. En este caso, será un “puntero” entendido como la persona elegida y, sobre todas las cosas, legitimada por el barrio para ser el nexo entre el Estado, las necesidades reales del asentamiento y la fe católica. Farrel, en su rol de párroco, los denomina “servidores”. Miriam Alegre los destaca como “capilleros”.

Se trata de una fusión entre religión y política. “Yo soy un cura —dice Farrel—. Para mí no es habitual trabajar con militantes. Eso es una situación compleja pero creo que se va resolviendo bien. Estamos en una etapa inicial, no existen experiencias de este tipo en Argentina. Nos aparecen muchas dudas, que vamos saldando en el camino”, continúa el cura de Moreno.

Fe

Sin dudas, la experiencia de Misioneros de Francisco se centra en la fe. Una fe que toca todos los pasos de la vida, incluida la relación con la política. Farrell explica que, impulsado por el fenómeno Francisco, surgen grupos de gente en los barrios que descubren la fe y se involucran en la actividad misionaria. “Esto es una tarea que estamos acostumbrados a que la lleve gente vinculada a la Iglesia. Pero esta gente que ahora se involucra no es habitué a esas prácticas y ahora descubren la fe como un elemento aglutinante”, analiza.

Emilio Pérsico primero le esquiva a hablar del tema; no quiere que su imagen de líder político y actual funcionario del gobierno nacional —secretario de Agricultura familar— quede asociada al movimiento. Asegura que el Evita no tiene relación con Misioneros de Francisco pero finalmente se abre a una breve charla telefónica, y explica: “Creíamos que en los barrios faltaba un lugar donde los compañeros vayan a expresar su fe”.

“A Francisco lo conocí cuando era Bergoglio —cuenta—. En Santa Marta le planteé que nuestro pueblo debía acercarse a la fe y debía volver a misionar. Pero no tenía que ser el Estado quien impulsara eso. Tenía que ser algo amplio y no partidario. Ahí aparece Misioneros de Francisco”, resume.

Farrel no evita señalar la gravitación de Pérsico en la gesta del movimiento: “Esto surge a partir del encuentro en Roma de un dirigente social con Francisco”, dice, y agrega que el líder del Evita “toma esa invitación del Papa para comenzar a construir capillas y abrirlas como centros donde se pueda vivir la fe”. Para el párroco, estas capillas tendrán sentido en la medida en que haya gente del barrio o el asentamiento detrás de ellas. “No queremos tener cáscaras vacías”, dice.

La virgen de Copacabana en El Peligro

En el barrio El Peligro, en una zona de quintas e invernaderos, los responsables del hogar Pantalón Cortito ocuparon en el año 2000 un predio rural donde uno de los edificios abandonados era una capilla. Susana Gómez, fundadora del hogar y referente del lugar, recuerda esos años difíciles. “Era luchar todo el tiempo contra la muerte. Acá llegaban muchos chicos sin padres y estábamos desbordados”, cuenta. Pelo rubio, sonrisa constante y la chacana o cruz andina tatuada en la frente. Ella lo niega pero probablemente será la futura capillera del templo misionero de la zona.

A diferencia del asentamiento Las Rosas, ésta es una zona rural a la que se ingresa por una tranquera. Hay parques para juegos y una vegetación que se extiende por varios kilómetros.

Los integrantes de Pantalón Cortito fueron restaurando la capilla con los meses y lograron construir un techo de paja. En 2005 trajeron de Bolivia la imagen de la virgen de Copacabana. Había dos motivos: por un lado, una experiencia personal de Susana muy cercana a esa cosmovisión. Y por otro, la comunidad de inmigrantes de ese país que trabajan en los alrededores al predio. En los últimos años un tornado se llevó una parte del techo, la capilla quedó desprotegida y meses más tarde el viento terminó por arrastrar toda la protección.

“La propuesta de Misioneros de Francisco de impulsar esta capilla le dio forma a un viejo sueño: que sea la gente quien se apropie de estos lugares como espacio donde vivir la fe. Era algo que podíamos motorizar entre todos”, cuenta Susana mientras camina hacia el templo. “Me pareció algo mágico. Siempre tuve el sueño que la capilla funcionara como capilla, pero todo el tiempo me preguntaba cómo se podía dar eso. Ahora veo que son cosas que se van cumpliendo en la vida”, dice.

La capilla es parte de un edificio más grande. Los trabajos se concentran sobre el techo. Las paredes muestran una vieja capa de pintura blanca y en sus laterales asoman dibujos realizados por jóvenes tras una jornada de reflexión organizada por el Hogar. Detrás del altar, en un enorme mural, Jesús sufre ensangrentado, con sogas que le rodean  cuello y muñecas. De un lado, un pibe con ropas desgastadas; del otro, dos brazos rotos por alambres de púa. Más abajo una ronda de mujeres con pañuelos blancos: las Madres de Plaza de Mayo y un grupo de campesinos, cansinos y frágiles. “Esto fue pintado en 2001, por un compañero que luego falleció —cuenta Susana. Hace un silencio. Piensa mientras observa el mural—. No sé… Es un poco bajón, representa lo que sentíamos en ese momento. Quizás ahora es tiempo de pintar uno nuevo”.

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