La Angelita: el pueblo de los gauchos musulmanes

La Angelita: el pueblo de los gauchos musulmanes

Está en el noroeste de Buenos Aires. La mitad de la población es de origen árabe y profesa el islam. El Corán en la Pampa Gringa.

Es otra tarde de sol y silencio en La Angelita, un pequeño poblado rural en el corazón de la pampa húmeda, al noroeste de la provincia de Buenos Aires. Dos chicos en bicicleta y un perro se animan a la calle en la hora de la siesta, cuando todo está terriblemente quieto. A las seis, todo continúa en reposo, a las nueve ya no hay luz y el pueblo, a oscuras, parece no haber despertado. Son apenas veinticinco manzanas rodeadas de silos, alambrados, con vacas y ovejas pastando en enormes parcelas de tierra. Allí no hay asfalto, no hay cloacas, no hay gas natural, no hay agua corriente. Allí no hay bancos, no hay farmacias, no hay supermercados, no hay cajeros, no hay hospital, no hay médicos ni estaciones de servicio. No hay ruido. La Angelita es un puñado de familias que viven en el medio del campo, es una aldea con casas bajas, con pisos calcáreos y cocinas a leña. La Angelita resiste anclada en el tiempo.

En 1910 comenzaron a llegar los primeros inmigrantes de Italia y de España primero, y de Siria y del Líbano después, a estas tierras que fueron donadas por Doña María Unzué de Alvear, una mujer adinerada, propietaria en la zona de miles de hectáreas de tierra fértil, quizás la más rica y valiosa para el cultivo de la Argentina. Recién llegados y reunidos en la inmensa llanura pampeana, europeos, sirios y libaneses comenzarían a trabajar el campo para luego recibir a más inmigrantes que viajarían en busca de un futuro próspero en la tan ansiada América. En la década del veinte vinieron más, en los años próximos también, y se formó en La Angelita la colonia de árabes musulmanes más grande de todo el país.

Algunos de ellos trabajaban y vivían en esta pequeña aldea, mientras que otros residían en la Capital Federal y sólo la visitaban en tiempo de siembra y cosecha para trabajar la tierra. Habían viajado casi un mes entero en barco, con poca ropa, pocas cosas, algunos con sus apellidos mal escritos y hasta con pasaportes de otras nacionalidades. Ahora, lejos del desierto, las colinas y las cordilleras de montañas, el paisaje a la vista era llanura, tierra húmeda y horizonte en todos sus frentes. Por fuerte que resultara el desarraigo, echarían nuevas raíces con sus costumbres, religión y modos de concebir el mundo. Entonces, la amalgama resultaba inevitable: serían paisanos del Islam.

Con el paso de los años, mientras otros pueblos habitados por árabes se disolvían al escurrirse por nuevos espacios donde podían crecer como profesionales y desempeñar su vida laboral, la colectividad de La Angelita continuaba con su cultura, su idioma y sus costumbres.

Hacia fines de la década del setenta, en el pueblo llegó a haber un 70% de población de origen árabe musulmán, pero la falta de fuentes laborales y la búsqueda de un futuro provechoso entre los más jóvenes, hicieron que muchos emigraran a otras ciudades.

En la actualidad, es el único pueblo de la Argentina con casi la mitad de sus habitantes de origen árabe y que mantiene viva la cultura y la religión de sus antepasados; cocinan con recetas originales de Siria, enseñan el idioma y la lectura del Corán a las nuevas generaciones y respetan cada uno de los preceptos del Islam: la profesión de fe, la oración, el diezmo, el ayuno y la peregrinación a la Santa Meca.

La convivencia con los vecinos cristianos, descendientes de italianos y españoles, es pacífica y armónica. Comparten el mate, las recetas, las amistades y el trabajo. Es que, según el último censo del año 2010, en La Angelita hay tan sólo 265 habitantes.

Su perfil responde al de un antiguo rincón de provincia: una virgencita en la entrada, las vías del tren cubiertas de pasto, la estación ferroviaria abandonada, viejos surtidores de combustible oxidados en las esquinas, una pequeña capilla cristiana, ropa tendida en la soga, hombres con boina que cargan baldes de agua en la bomba sapo y mujeres de pollera y delantal con cucharas de madera que revuelven dulces caseros de higo.

Pero en este pueblo también hay tambores como macetas pintados con la bandera de Siria, una plazoleta con la imagen de Saleh al-Alí (el héroe árabe que luchó contra el ejército francés por la independencia de la República Árabe de Siria), un altoparlante que emite el llamado a la oración del Islam y adornos arábigos en casas de familias.Es un pueblo híbrido, único y singular en la Argentina.

Cultura viva. De derecha a izquierda. Así se dispone a escribir Marta Pepe en el pizarrón de una de las salas de la Sociedad Arabe de La Angelita. Aquí, en este espacio, enseña el idioma y la religión a los más chiquitos del pueblo, a la cuarta generación de descendientes árabes. Hija de inmigrantes sirios, Marta tiene 61 años y es la única enfermera de la localidad, también es peluquera. Hace treinta años comenzó a dar clases de árabe en su casa a los sobrinos, luego a los hijos de sus vecinos y a los hijos de sus primos hasta que ya no había más espacio en su comedor y en 2009 fundaron la escuelita a la que asisten unos doce chicos de entre ocho y quince años, una vez por semana, tres horas.

“Es recomendable que empiecen a aprender el idioma árabe a partir de los ocho años, no antes para que no se confundan, porque el árabe se escribe de derecha izquierda”, cuenta Marta con la mirada fija en la tiza que tiene entre sus manos. Y agrega: “Algunos vienen y me muestran cómo escriben en castellano al revés. ¡No sé cómo hacen! Todas esas cosas a mí se me graban en el corazón y en la mente, las disfruto mucho”.

En el aula hay una lámina con la figura de Dora La Exploradora (el personaje infantil de los dibujos animados) señalando el abecedario árabe, hay un rompecabezas original traído de Siria con los pilares de Islam, pequeñas sillas, bancos, y dos banderas de Siria y Argentina detrás del escritorio, bien juntas, como si fueran una.

“En cada clase le busco la vuelta para que les llame la atención aprender. En el pueblo hay muchos padres de estos chicos que no dominan el idioma, entonces es más difícil. Pero se entusiasman. Yo pienso que en la época en la que estamos viviendo no se puede obligar a nadie a que haga nada. Si no lo sienten, no lo van a hacer”, dice Marta.

En las últimas tres décadas, tuvo alumnos de Junín, Rojas, General Arenales, Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, Neuquén, Mar del Plata y Balcarce. Chicos y adultos, en invierno y en verano. A muchos de ellos los hospedaba en su propia casa y les daba un curso intensivo de dos meses. Nunca cobró un centavo.

Entre los alumnos de Marta Pepe está Martina, una adolescente de 15 años con ojos verdes profundos, tez blanca y una sonrisa tímida; es hija de padre árabe y madre católica convertida al Islam. Sus padres decidieron que ella misma debía elegir qué religión seguir, les parecía justo. Y ella, junto a sus hermanos, eligió el Islam: lee el Corán, toma clases de idioma y realiza el ayuno en el mes de Ramadán. Hoy llegó a la Sociedad Arabe con el traje de baile en la mano y los ojos pintados.

A diferencia de los barrios de las grandes ciudades argentinas, en La Angelita, los miembros de la colectividad están juntos casi todos los días, se visitan, comparten oraciones, festividades, cenas y tardes de pileta. Entre los valores que heredaron, ellos aseguran que cultivan la amistad, el respeto y la generosidad, tal como lo hacían sus padres y abuelos. Ahora, en la Sociedad Árabe se reunieron varios de ellos y, tras abrir la puerta al llegar, lo primero que hacen es poner el agua para el mate.

–Hay en el pueblo una señora que tiene 86 años y es la mayor de todos nosotros, ¿Querés que la llame? –dice una de las chicas que forma parte de la tercera generación de descendencia árabe.

No pasaron cinco minutos y la señora ya está aquí. Llegó a pie. Saluda con un beso en ambas mejillas, se sienta y le acercan un mate. Ahí se quedará, charlando, hasta que caiga la noche y todos partan de nuevo a sus casas.

Tierra de musulmanes. “Dios es el más grande. Dios es el más grande. Atestiguo que no hay más Divinidad que Allah. Atestiguo que Muhammad es el mensajero de Allah. Convocaos a la oración. Convocaos a la mejor de la obra. Convocaos a la victoria. Dios es el más grande. Dios es el más grande. No hay más Divinidad que Allah.”

Con este canto se realiza el llamado a la oración del Islam (Azzan) en distintos puntos del mundo. En La Angelita, un niño de ocho años oficia de muecín (el responsable de convocar a viva voz a los fieles musulmanes desde la torre de la mezquita). Llega a la Sociedad Arabe de la mano de su papá, conecta el celular –que les pidió a sus padres especialmente para hacer esta actividad– y emite el canto por altoparlante para que se oiga en todo el pueblo. Lo hace al menos dos veces por día durante el Ramadán, el mes de ayuno de los musulmanes.

En esta pequeña aldea, casi todos los miembros de la colectividad realizan las oraciones diarias que indica el Corán en cinco momentos del día. Durante el Ramadán, al oír el llamado, se reúnen en la Sociedad Arabe y hacen una oración todos juntos en dirección a la Meca.

En la década del ‘50, se inauguró la Sociedad Arabe Islámica Alauita de Beneficencia de La Angelita. Este lugar reúne a alumnos que toman clases de idioma y religión, allí se realizan las oraciones colectivas conducidas por el Sheij o guía espiritual, los rezos comunitarios en las festividades religiosas como el Ramadán o la Fiesta del Sacrificio, se celebran ceremonias matrimoniales, funerales, se elaboran comidas típicas para festejos populares, y allí confluyen árabes cristianos y musulmanes de toda la región: Ascensión (localidad ubicada a 14 kilómetros de La Angelita con muchas familias de origen árabe), Rojas, Junín, Arenales, Arribeños, Pergamino y Lincoln.

También realizan encuentros con colectividades de otras ciudades como Neuquén, Río Negro, Tucumán, Salta, Mendoza, San Juan, Capital Federal y Conurbano, Tres Arroyos y Balcarce. La Angelita es uno de los principales puntos de encuentro árabe en todo el país.

En Ascensión, el pueblo vecino y también perteneciente al partido de General Arenales, vive uno de los dos Sheij de la colectividad árabe musulmana de la zona. Muhammad Abdul Karim (Alejandro Kerim Abbas) conduce las oraciones colectivas, comparte la lectura del Corán junto a los fieles, lleva a cabo ceremonias matrimoniales, funerales e intenta mediar en situaciones de divorcio para que las parejas sigan juntas o, en caso de que decidan separarse, lo hagan según el precepto islámico; bajo su conducción apuntan a cumplir con todos los dogmas del Islam. Alejandro es el guía espiritual de la zona y está casado con Yamila, una mujer de La Angelita, también de descendencia árabe.

Ahora se quita las zapatillas y avanza descalzo sobre las alfombras dispuestas en dirección a la Meca. En el Islam, es sagrado realizar las plegarias con esta orientación y Alejandro aclara que este espacio no es una mezquita sino un lugar adaptado a las necesidades espirituales. Se trata de un altar de colores, con letras árabes pintadas y flores que representan los 99 atributos de Dios. Mientras Alejandro cuenta cuáles son las costumbres de los árabes que responden estrictamente a la religión musulmana, Mariano Cheddad, el presidente de la Sociedad Arabe de La Angelita, abre la puerta, se descalza para avanzar sobre la alfombra, y le arrima un mate.

“Durante el Ramadán, que es el noveno mes lunar del calendario musulmán y no coincide con ninguno del calendario gregoriano, se realiza un ayuno desde el alba hasta el ocaso. Durante treinta días hay abstención de comida, bebida, relaciones sexuales, cigarrillo, y es obligatorio a partir de la pubertad, excepto en circunstancias de viaje o enfermedad. El ayuno se hace no sólo por la purificación personal y espiritual, sino que es una forma de disciplinarse, de saber cómo viven los más pobres y se llama a la caridad, porque con el ayuno se sabe lo que sufren los demás. En el Ramadán se insta a colaborar con los más necesitados, aunque es algo que siempre se hace”, cuenta Alejandro con el mate en una mano, y el rosario islámico (Masbaha) de 33 cuentas, en la otra.

Consultado sobre si también cumplen los preceptos islámicos sobre comidas permitidas y prohibidas, responde: “La mayoría sí los cumplimos, no sé si todos. Respetamos lo lícito (Halal) y lo prohibido (Haram). Nosotros no podemos comer carne de cerdo en ninguna de sus formas, está prohibido en el Corán por ser un animal inmundo como los gusanos, las serpientes o las nutrias. No solamente respetamos eso sino cómo se cocinan los alimentos. Nosotros no podemos comer carne cruda. En mi caso, sólo como pollo, carne vacuna y cordero si está sacrificado bajo el ritual islámico. En mi casa no entra nada que esté prohibido. De hecho, el mobiliario de la Sociedad Arabe no lo prestamos porque no sabemos si arriba de la mesa van a manipular o comer carne de cerdo u otros alimentos prohibidos”.

Alejandro Kerim asegura que muchos padres enseñan a sus hijos, en sus casas, tanto el idioma como los valores del Islam: “Nosotros instamos a que cada casa sea una mezquita, a que cada mesa sea un altar y a que cada padre sea Sheij o guía espiritual de su familia. Si no es muy difícil mantener la cultura y mucho menos la religión en tiempos tan liberales como los actuales”. Ahora su esposa, Yamila, abre la puerta e invita a comer algo en la cocina.

Recetas y danzas típicas. La cocina de la Sociedad Arabe es amplia. Muy amplia. Tiene mesadas largas, ollas de aluminio sobre la cocina industrial y un mesón de madera con bandejas y fuentes con comida. Comida árabe de verdad. Sobre la hornalla, otra vez calientan un poco de agua para el mate en una pava de trece litros de capacidad.

“Heredamos y conservamos todas las recetas de nuestros padres y abuelos –cuenta Marta Pepe–. Mi mamá era la mayor de seis hermanos y fue el pilar de toda la familia, crió a los hermanos más chicos, a sus sobrinos; cuando recién había llegado de Siria, todo lo preparaban en el campo, vivían de la agricultura y la ganadería, allí elaboraban el yogur, la manteca casera, el queso casero, y yo heredé todas las recetas. Hasta el presente las hacemos todas.”

Marta asegura que suelen intercambiarlas con los vecinos no árabes y que varios de ellos las hacen incluso mejor. “Hay vecinos católicos, hoy adultos, que siempre me dicen ‘quién no ha comido el pan árabe o las tortas de trigo que hacía tu mamá’”, cuenta entre risas.

Cada año, en la Sociedad Arabe se celebra una fiesta por el aniversario de la institución y unas quince chicas –entre musulmanas y cristianas– se disponen alrededor de la mesa para hacer entre 2.500 y 3.000 niños envueltos (malfuf). Se pone el relleno en una olla en el centro y todas lo arman sobre las hojas de parra.

Para los viajes de egresados, las chicas –musulmanas y cristianas– hacen empanadas árabes (sfiha) para vender y así recaudar dinero. La elaboración de comida típica, con receta original, es permanente entre muchos de los vecinos. Allí hay tiempo. Hay tiempo para preparar y hay tiempo para compartir.

Ahora sobre la mesa hay hemsí o hummus (puré de garbanzos), sfiha (empanada árabe), malfuf (niño envuelto), kibbe (torta de trigo), laban (yogur) y labneh (queso árabe), todo elaborado por Marta y su hermana Aurora. Las comidas, los elementos arábigos en las casas, las danzas y la música, junto al idioma y la religión, es todo lo que conservan.

“El primer conjunto de danzas árabes lo tuve yo –cuenta Marta–. Iban chicos de descendencia árabe y no árabe, todos juntos, les encantaba. Acá no, pero en Ascensión sí hay una escuela, allá está el Ballet de Danzas Tradicionales Árabes, pero ninguno de los bailarines es de la colectividad, excepto una sola de las chicas.”

Una oportunidad. Ubicada a 360 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, La Angelita fue seleccionado por el Ministerio de Turismo de la Nación para formar parte del proyecto “Pueblos auténticos”, junto a otras localidades del país. A través de esta iniciativa buscarán no sólo revalorizar el patrimonio cultural y natural del lugar y promover la llegada de visitantes de distintos puntos del país, sino también disminuir el desarraigo de las generaciones jóvenes, ofreciendo nuevas fuentes de trabajo, que hoy casi no hay.

Marta cree que es buena idea: “Vamos a participar todos los vecinos, no sólo los de nuestra colectividad; se hicieron encuentros, conocimos artesanos, otros vecinos harán dulces, embutidos y demás productos caseros. Yo incluí mi casa como un centro cultural histórico árabe, y ahora estamos preparando carteles con los puntos de interés. Esperemos que salga todo bien”.

Marta aclara que no quiere que nada quiebre la tranquilidad del pueblo: “A nosotros nos encanta estar en contacto con el campo, vivir tranquilos. El otro día me desperté a la mañana y vi que había dejado la puerta de casa abierta de par en par. Nunca me ha faltado nada. Ruego a Dios que jamás nos arrebaten esta paz y libertad en la que vivimos. Mi abuela, mi mamá y los demás inmigrantes vinieron buscando la paz, un horizonte mejor. Ellos llegaron sin nada, todo lo forjaron acá, en este bendito país, que hasta hoy es un hermoso crisol de razas”.

Marta se para frente a una pizarra repleta de fotos. Es una línea del tiempo en imágenes con cientos de personas que sonríen y se abrazan, amigos en fiestas de la institución, grupos de baile árabe, inmigrantes sirios que ya no están.

Marta mira cada rostro, repasa cada momento, indica quiénes son: aquellos que se fueron y dejaron su huella en los modos de amasar y elaborar el queso, y aquellos que forman parte del presente y atesoran el pasado. 

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