Abusos, la denuncia del Papa: gente sin escrúpulos también en la Iglesia

Abusos, la denuncia del Papa: gente sin escrúpulos también en la Iglesia

Francisco celebra el Vía Crucis con los jóvenes de Panamá. El sufrimiento de Jesús hoy está “en el grito de la tierra que está herida en sus entrañas por la contaminación”. Se prolonga “en una sociedad que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor”. No a la “cultura del bullying”

La sociedad que ha perdido la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor. La “madre tierra” que grita herida por la contaminación y que se ve pisoteada por el “consumo enloquecido”. Así se prolonga el via crucis de hoy. Y no solo. Continua “en la angustia de rostros jóvenes, amigos nuestros que caen en las redes de gente sin escrúpulos ―entre ellas también se encuentran personas que dicen servirte, Señor”. Lo dice con fuerza el papa Francisco celebrando las 14 estaciones de la Pasión del Hijo de Dios con 400.000 (datos de la organización) jóvenes de la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá. 

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En la tarde del 25 de enero, el Pontífice dejó la Nunciatura apostólica y se dirigió en auto al Campo Santa María La Antigua (Cinta Costera) en Panamá. El rito inició con el ingreso del obispo de Roma y con la cruz símbolo de la JMM. 

El camino de Jesús hacia el Calvario es “de sufrimiento y soledad sufrimiento y soledad que continúa en nuestros días”, afirma Bergoglio. Cristo camina y padece “en tantos rostros que sufren la indiferencia satisfecha y anestesiante de nuestra sociedad que consume y se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus hermanos”. 

Y también “nosotros, tus amigos Señor, nos dejamos llevar por la apatía y la inmovilidad. No son pocas las veces que el conformismo nos ha ganado y paralizado”. Y así “ha sido difícil reconocerte en el hermano sufriente: hemos desviado la mirada, para no ver; nos hemos refugiado en el ruido, para no oír; nos hemos tapado la boca, para no gritar”. 

Siempre la misma dirección, observa el Papa. Es mas fácil “y “pagador” ser amigos en las victorias y en la gloria, en el éxito y en el aplauso; es más fácil estar cerca del que es considerado popular y ganador. Qué fácil es caer en la cultura del bullying, del acoso y de la intimidación”, exclama el Pontífice. 

Pero “para ti no es así Señor, en la cruz te identificaste con todo sufrimiento, con todo aquel que se siente olvidado. Para ti no es así Señor, pues quisiste abrazar a todos aquellos que muchas veces consideramos no dignos de un abrazo, de una caricia, de una bendición; o, peor aún, ni nos damos cuenta de que lo necesitan”. 

Continua Francisco: “Para ti no es así Señor, en la cruz te unes al vía crucis de cada joven, de cada situación para transformarla en camino de resurrección”.   Pero hoy el vía crucis del Hijo “se prolonga”, sostiene Francisco. 

En “el grito sofocado de los niños a quienes se les impide nacer y de tantos otros a los que se les niega el derecho a tener infancia, familia, educación; que no pueden jugar, cantar, soñar..”

En “las mujeres maltratadas, explotadas y abandonadas, despojadas y ninguneadas en su dignidad”. En “los ojos tristes de los jóvenes que ven arrebatadas sus esperanzas de futuro por la falta de educación y trabajo digno”.  En “la angustia de rostros jóvenes, amigos nuestros que caen en las redes de gente sin escrúpulos ― entre ellas también se encuentran personas que dicen servirte, Señor ―, redes de explotación, de criminalidad y de abuso, que se alimentan de sus vidas”. Por primera vez en esta JMJ el Papa hace referencia a la plaga de los abusos y de la pedofilia. 

El Via Crucis se prolonga “en tantos jóvenes y familias que, absorbidos en una espiral de muerte a causa de la droga, el alcohol, la prostitución y la trata, quedan privados no solo de futuro sino de presente. Y así como repartieron tus vestiduras, Señor, queda repartida y maltratada su dignidad”. 

Se prolonga en jóvenes “con rostros fruncidos que perdieron la capacidad de soñar, de crear e inventar el mañana y se “jubilan” con el sinsabor de la resignación y el conformismo, una de las drogas más consumidas en nuestro tiempo”. 

El camino de la Pasión de Jesús está hoy “en el dolor oculto e indignante de quienes, en vez de solidaridad por parte de una sociedad repleta de abundancia, encuentran rechazo, dolor y miseria, y además son señalados y tratados como los portadores y responsables de todo el mal social”. 

Y de nuevo: “Se prolonga en la resignada soledad de los ancianos abandonados y descartados”. Y en los pueblos “originarios, a quienes se despoja de sus tierras, raíces y cultura, silenciando y apagando toda la sabiduría que pueden aportar”. Y en el grito “de nuestra madre tierra, que está herida en sus entrañas por la contaminación de sus cielos, por la esterilidad en sus campos, por la suciedad de sus aguas, y que se ve pisoteada por el desprecio y el consumo enloquecido que supera toda razón”. Y una vez más: “En una sociedad que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor”.

Después el Papa, como suele ser habitual, dirigió algunas preguntas: “Y nosotros, Señor, ¿qué hacemos? ¿Cómo reaccionamos ante Jesús que sufre, camina, emigra en el rostro de tantos amigos nuestros, de tantos desconocidos que hemos aprendido a invisibilizar? Y nosotros, Padre de misericordia, ¿Consolamos y acompañamos al Señor, desamparado y sufriente, en los más pequeños y abandonados? ¿Lo ayudamos a cargar el peso de la cruz, como el Cireneo, siendo operadores de paz, creadores de alianzas, fermentos de fraternidad?”. 

Francisco exhorta a contemplar a “María, mujer fuerte. De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz. Con su misma decisión y valentía, sin evasiones ni espejismos. Ella supo acompañar el dolor de su Hijo, tu Hijo; sostenerlo en la mirada y cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza”. 

Así, Bergoglio invita a aprender “de María a decir 'si' al aguante recio y constante de tantas madres, padres, abuelos que no dejan de sostener y acompañar a sus hijos y nietos cuando “están en la mala”. A decir 'si' “a la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a comenzar en situaciones que parecen que todo está perdido, buscando crear espacios, hogares, centros de atención que sean mano tendida en la dificultad”. 

Y a aquellos “que no se han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección”.  Aprendemos “a recibir y hospedar a todos aquellos que han sufrido el abandono, que han tenido que dejar o perder su tierra, sus raíces, sus familias y trabajos”. 

La Iglesia debe ser como la Madre de Dios, que propicie una cultura que sepa acoger, proteger, promover e integrar; que no estigmatice y menos generalice en la más absurda e irresponsable condena de identificar a todo emigrante como portador de mal social”.

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